El invento de la deuda soberana ha transformado el mundo

Gracias a Marga Vidal he descubierto este instructivo texto sobre la historia de la deuda soberana que publicó el semanario Zeit hace un año. Pase, relájese y disfrute descubriendo la historia de la deuda soberana:

El 24 de junio de 1340 la sangre tiñó de rojo las olas del Mar del Norte. La batalla naval de Sluis, en la actual Holanda, es la primera gran batalla de la Guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia. Películas y novelas narran ampliamente este suceso.

Siete años más tarde, en otoño de 1347, dos embarcaciones atracan en el puerto de la ciudad siciliana de Messina. A bordo van hombres con manchas oscuras en la piel. Las primeras víctimas de la peste, que en Europa se cobraría la vida de 25 millones de personas. Pinturas y esculturas nos recuerdan la Muerte Negra.

En el año 1349 el poeta italiano Giovanni Boccaccio comienza a trabajar en su colección de novelas titulada Decamerone, una de las obras maestras de la literatura mundial. El nombre de Boccaccio figura en cualquier libro de historia del siglo XIV.

Pero de los extraños títulos de deuda que se extienden en aquellos años por Italia, y más tarde por toda Europa, apenas se habla en las crónicas. Su invención resulta demasiado irrelevante al lado de todas las guerras y enfermedades, obras de arte y catástrofes del final de la Edad Media.

Y sin embargo, estos títulos tendrán mucha mayor relevancia para la evolución de la historia que muchos otros acontecimientos de la época. Siglos más tarde, en el año 1789, serán una de las causas de que en Francia estalle la Revolución. Facilitarán el triunfo de la democracia en todo el mundo y en el año 2010 provocarán la crisis del Euro.

En la Italia medieval estos títulos se llamaban Prestiti o Prestanze. Hoy los llamamos Bonos del Tesoro. Son el instrumento con cuya ayuda se financian casi todos los países del mundo. Mejor dicho, se endeudan más y más. Sólo los estados de la zona Euro han acumulado deudas por valor de siete billones de euros. Nadie sabe quién devolverá jamás ese dinero.

Fue en aquella época, en el siglo XIV, cuando empezó todo. Si queremos entender el origen de la actual forma del endeudamiento estatal, tenemos que hablar de tres hombres. De un Papa, de un banquero, y de un joven artesano llamado Hawkwood, que quería cambiar de oficio.

John Hawkwood nació entre 1320 y 1323 en el condado inglés de Essex, uno de los siete hijos de un curtidor. Con un sastre aprendió el oficio de sastre. Seguramente Hawkwood se habría pasado la vida con el hilo y la aguja, si el rey Eduardo III no hubiera comenzado esa guerra contra Francia que habría de durar cien años.

Eduardo necesitaba guerreros, y el joven Hawkwood acudió a la llamada. El sastre se convirtió en soldado. Tras finalizar la campaña se queda en Francia, y luego marcha en dirección a Italia. Narra un cronista que años más tarde Hawkwood se encontró con dos monjes. “Monseñor, Dios os dé la paz!” le dicen. A lo que Hawkwood replica. “¿No sabéis que la paz me destruirá?” John Hawkwood se gana ahora el dinero con sangre. El soldado se ha convertido en mercenario. “Vivo de la guerra como vosotros vivís de las limosnas”, les dice a los monjes.

La Italia de aquella época es un buen lugar para el oficio de matar. En el sur gobierna el rey de Nápoles, en el centro el Papa, en el norte las grandes ciudades se reparten el poder. Florencia, Venecia y Génova son los centros económicos del mundo occidental.
Aquí gobiernan comerciantes, no reyes. Cuando libran guerras, no van a la batalla, sino que compran gentes como Hawkwood.
Así fue como Florencia luchó contra Génova y Venecia contra Pisa sin que apenas ningún florentino o veneciano blandiera la espada. Son los mercenarios los que matan y mueren, “ejércitos salvajes de exiliados, sin ley y aventureros quebrados, formados por alemanes, borgoñones, italianos, catalanes, flamencos, franceses y suizos”, como relata la historiadora americana Barbara Tuchman en su libro “el espejo remoto” sobre el dramático siglo XIV.

Los cabecillas de estas tropas ascienden a salvadores o diablos, cantados o maldecidos por cronistas y poetas. Un nombre se repite con especial frecuencia en los libros: John Hawkwood. Ascendido a jefe de un pequeño ejército, algunos coetáneos le tildan de increíblemente taimado, otros de increíblemente sabio. Lo que es seguro es que Hawkwood es el mejor pagado de todos los Condottieri, como llamaban en Italia a los cabecillas de los mercenarios.

Tiene casi sesenta años cuando los regentes de Florencia deciden contratarlo. Los comerciantes florentinos, que libran batallas pero no quieren luchar, necesitan dinero, mucho dinero, para pagar al caudillo de su ejército. Más dinero del que poseen.¿De dónde sacarlo?

Los primeros intereses se llaman “comisiones”, así es como los banqueros burlan a la iglesia.

Los regentes podrían aumentar los impuestos. En Florencia no escasean precisamente los ricos. Pero los comerciantes de los estados italianos perciben los impuestos estatales como una afrenta a su libertad. Los impuestos modernos son un invento de la modernidad. En la Florencia de aquel tiempo sólo se debía pagar por el comercio con la sal o el vino. De modo que a la ciudad no le quedaba más que pedir prestado el dinero. Ya ha llegado el momento en el que la historia de los mercenarios se convierte en historia de la deuda.

Hoy día no resulta difícil contraer deudas. En cada rincón acechan entidades financieras con sus ofertas. Pero en la Edad Media era un asunto complicado. Porque el que presta dinero quiere cobrar intereses. Pero esto estaba prohibido a los cristianos.

No cobrarás intereses a tu hermano: ni por el dinero, ni por el grano, ni por ninguna otra cosa, por la que se suela cobrar intereses.

Así lo dice la Biblia, en el libro del Deuteronomio, capítulo 23. También dice “no matarás”. Pero mientras la iglesia interpreta el quinto mandamiento de forma bastante flexible, y los Papas siguen enfrascados en sus batallas, siempre con ayuda de los mercenarios, sigue inflexible en la cuestión de los préstamos de dinero.

Durante siglos esto molestó poco a la gente, aparentemente. La mayor parte de las gentes de la Europa feudal vivían como campesinos, artesanos o nobles. Nacían ricos o morían pobres. El fenotipo del empresario que se labra su propio bienestar, pidiendo prestado dinero para multiplicarlo, no se difundiría hasta finales de la Edad Media. Los barcos partes desde Génova al Mar Negro, los comerciantes viajan al curso inferior del Volga; en el norte de Europa florece la Hansa. El mundo crece, y los negocios también. Años más tarde los historiadores llamarán capitalismo mercantil a esta forma temprana de la moderna economía de mercado. El dinero es su materia prima más importante. La doctrina del interés prohíbe su empleo. ¿Por cuánto tiempo?

El 16 de octubre de 1311 se reúnen unos 200 obispos y dignatarios eclesiásticos en la ciudad francesa de Vienne, en el sudeste del país. Durante meses discuten sobre la legitimidad de las cruzadas y otras cuestiones teológicas de la época. Hacía casi cuarenta años que no se producía un encuentro de estos, y el siguiente no sería hasta 1414.

Presidía el Concilio de Vienne el Papa Clemente V, antes conocido como Bertrand de Got, que por entonces contaba unos cincuenta años, un hombre pagado de sí mismo y de su poder y totalmente mundano. Clemente mantiene una amante adicta a los lujos, nombra cardenales y obispos a sus parientes y manda torturar hasta la muerte a los caballeros de la orden del Temple. Como mandaban los cánones de la época que se comportara un Papa. Tiene fama de desmesurado, y el poeta Dante Alighieri le llamaría más tarde un “pastor de almas desenfrenado” a quien esperaba el camino al infierno.

En lo único en lo que Clemente permanece fiel al dogma es en el tema del dinero: “Si alguien cayera en el error de afirmar tenazmente que tomar interés no es pecado, determinamos que sea castigado como hereje”. Esto ordena el Papa, esto acuerda el concilio de Vienne.

Y como por aquel entonces la palabra de la iglesia era ley, los regentes de la ciudad de Florencia tenían ahora un problema. ¿De dónde iban a sacar el dinero que tanto necesitaban para pagar a Hawkwood y llevar adelante sus guerras?

Pocos años antes lo hubiera tenido más fácil. En Florencia misma trabajaban a la sazón algunos de los mayores prestamista de Europa. Comerciantes avispados, que habían encontrado una vía para ganar dinero prestando dinero sin perder la bendición divina. Estos primeros banqueros del mundo no exigían interés. O al menos no lo llamaban así. Ellos hablaban de tasas, de primas, de comisiones. Los clientes estaban satisfechos, los cardenales también. El capitalismo había engañado a la iglesia.

Uno de los dos grandes establecimientos bancarios florentinos era el de los Peruzzi. La empresa tenía filiales en casi todas las ciudades italianas más importantes, así como en Londres, Brujas, París y Túnez en Mallorca, Rodas y Chipre. Una fuente ideal de dinero para la ciudad de Florencia.

En marzo de 1338 el empresario Bonifacio di Tommaso había viajado a Inglaterra. El banquero, un hombre lanzado, pensó que haría el negocio de su vida. Eduardo necesitaba dinero para la guerra contra Francia. Bonifacio se lo prestó, los beneficios esperados eran fabulosos.

Pero las apariencias engañan. Las batallas eran caras y aportaron poco botín. “Eduardo habría ido a la bancarrota si hubiera tenido que soportar los gastos personalmente; en su lugar se los endosó a otros” escribe la historiadora Tuchman.

Los otros eran los banqueros italianos.

Como el rey no pagó sus deudas, los Peruzzi quebraron, y con ellos los Bardi, el otro gran establecimiento bancario florentino, que también había invertido una fortuna en Inglaterra. Florencia vivió el primer crash financiero de la historia. “Y en aquellos tiempos no había nadie para salvar los bancos, al contrario de lo que sucede hoy, dice Heinrich Lang, historiador de Bamberg.

Después de esto ya no hubo en Florencia prestamistas con reservas significativas. Los regentes de la ciudad sólo tenían dos posibilidades de librarse de la miseria financiera: ahorrar severamente y renunciar a las guerras, o encontrar otra vía de encontrar nuevo capital, eludiendo los dogmas de la iglesia respecto al interés.

Sin dinero para la corona española, pero sí para la república de los países bajos

Los florentinos consiguieron esto último. Al igual que también Venecia y Génova, introdujeron un sistema de impuestos retornables. Los burgueses pagan, pero luego se les devuelve su dinero, y con beneficio. Dado que se trata de un tributo impuesto, la iglesia no pone objeciones a que los burgueses cobren una indemnización. Un interés legal.

De modo que nuevamente entra el dinero en las arcas del estado. Los mercenarios pueden ser pagados, las batallas libradas: los florentinos se prestan el capital a sí mismos. “Una idea revolucionaria que transformaría el mundo para siempre” dirá el historiador británico Niall Ferguson, autor del libro “El auge del dinero”.

Cada burgués recibe un bono a modo de recibo. Un bono del tesoro. A quien lo posee se le devuelve la cantidad pagada, más los intereses. Pronto los documentos tendrá valor dinerario, no pasará mucho tiempo hasta que la gente compra y venda los títulos entre sí. Y el valor de los bonos dependerá de si los burgueses se fían de que la ciudad pueda satisfacer sus deudas. Si las deudas son bajas, los ingresos son altos, y aumentan las probabilidades de devolución, por lo que aumenta el valor de los títulos, de lo contrario baja.

Un mecanismo que sigue siendo válido para los bonos actuales, griegos o americanos. “Los italianos inventaron el mercado de los títulos-valores” escribe Jame MacDonald, historiador americano, autor de un libro sobre la historia de la deuda soberana.

Desde Italia los bonos del tesoro se extienden a toda Europa. Los primeros en adoptar el sistema fueron los Países Bajos. Primero no llamó apenas la atención. Pero luego, en 1568, se levantan contra la dominación española. Un pueblo de apenas millón y medio de habitantes va a la guerra contra una potencia mundial, que cuenta más de veinte millones de personas, y gana.

La victoria tiene muchos motivos. Pero uno de los más importantes es que los pequeños Países Bajos se dedican a tomar créditos y por tanto pueden estar a la altura financiera de la poderosa España. Y eso, aunque los reyes españoles tampoco retroceden ante las deudas. Al contrario: así como lo hizo antes Eduardo de Inglaterra, piden prestado a media Europa. Y al igual que Eduardo se toman la libertad de no devolver el dinero. Nadie arrojará jamás al rey a la torre de los deudores. La consecuencia de tal actuación financiera es que la corona española apenas recibe ya crédito. Nadie quiere ya prestar dinero a los poderosos señores con sus blancos cuellos alzados. El rey español Felipe II diría en 1580: “Nunca conseguí entender esta cosa de los préstamos y los intereses”.

Las gentes de los Países Bajos, por el contrario, enseguida la entendieron. Los comerciantes de Amsterdam y Rotterdam tenían fortunas abundantes. Por lo que el estado consiguió el capital para la guerra en de sus propios burgueses, en forma de bonos del estado. Ni siquiera por la fuerza, como antaño sucedió en Florencia, sino de forma voluntaria, como hoy; la prohibición del interés ya no desempeñaba ningún papel. Los burgueses pagan gustosamente. Son quienes deciden en la joven república. Al fin y al cabo, son ellos quienes prestan el dinero para la compra de cañones, que le traerán la victoria a su país.

Así los bonos del tesoro se convierten en el arma monetaria de la dominación popular -y la Francia absolutista en su víctima más famosa. En 1788 el rey francés Luis XVI hubo de proclamar la quiebra, y al año siguiente el pueblo tomó la Bastilla. Lo curioso es que en aquel momento las deudas de Inglaterra triplicaban las deudas francesas, en términos relativos. Pese a lo cual el país era solvente. El estado burgués sacaba el dinero vía bonos del tesoro a su propio pueblo. En París, sin embargo, años antes un funcionario de alto rango ya plasmaba su frustración sobre el papel, en una carta, escribiendo: “Si la gente tiene al rey por un déspota, es imposible conseguir créditos”.

Hoy día, cuando han pasado más de doscientos años, los estados del mundo no tienen tantos déspotas. A cambio, tienen deudas. Hace tiempo ya que los americanos, alemanes o británicos no se prestan sólo a sí mismos. La fortuna de un solo pueblo ya no basta para financiar un estado. Hoy son los bancos, las aseguradoras y los fondos de inversión de todo el mundo los principales compradores de bonos del tesoro.

Pero sigue tratándose de lo mismo de siempre: los inversores ricos ceden su dinero a los estados del mundo pensando que lo recuperarán con beneficios. Y los estados siguen temiendo una cosa en especial: que los inversores cambien de opinión.

James Carville, asesor político americano, que asesoró la campaña electoral del futuro presidente Bill Clinton lo dijo así: “Antes pensaba que si existiera la reencarnación, querría volver como presidente, como Papa, o como estrella del béisbol. Ahora quiero reencarnarme en mercado de deuda soberana. Porque así todos te temen.”

Fuente original: http://www.zeit.de/2011/35/Staatsanleihen

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4 comentarios el “El invento de la deuda soberana ha transformado el mundo

  1. El caso es que Die Zeit no es un diario, sino un “semanario”, es decir, una publicación semanal en el mismo formato de los diarios. Lo conozco desde niña, pues mi madre estuvo suscrita durante décadas, por lo menos hasta que murió Franco.

  2. Con lo bien que iba el artículo hasta que he leído esto: “Un pueblo de apenas millón y medio de habitantes va a la guerra contra una potencia mundial, que cuenta más de veinte millones de personas, y gana.”
    Joder, te has quedado a gusto, vaya cagadita…

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