El uso PÚBLICO de la calle

En estos tiempos convulsos en los que parece que nos estemos reinventando a cada minuto, el mero hecho de realizar una protesta ciudadana (sin promotores políticos o sindicales) acaba siendo una reivindicación doble.  Por un lado la causa de la convocatoria, y por otro la reivindiación de un espacio común, público.

La brillante Naomi Klein en el capítulo “Recuperar las calles” de su libro No Logo lo explica así:

[…] la encarnación actual del movimiento internacional Recuperar las Calles surgió en mayo de 1995. Éste asalta las calles más concurridas y las esquinas más importantes, y llega hasta las carreteras, donde organiza fiestas espontáneas, exigiendo espacios no comercializados en las ciudades y una naturaleza intacta. En muchas ciudades, las fiestas callejeras se han sincronizado con otro movimiento internacional explosivo: los paseos en bicicleta llamados Critical Mass.

Las confrontaciones deliberadas de las fiestas callejeras reúnen la sinceridad previsible de la política con la ironía divertida del pop. El RLC no da la espalda ni a las ciudades ni al presente, sino que orienta el deseo de entretenimiento y de fiesta (y el de alucinar y sublevarse, su lado más oscuro) y lo canaliza, convirtiéndolo en un acto de desobediencia civil que también es un festival.

Enmarcado en este tipo de movimiento/protesta/celebración/performance surge la inciativa 11FcontraF1 protestando contra la incompetencia, el despilfarro y la corrupción en Valencia. La idea fue:  PARA LA CORRUPCIÓN aprovechando el símbolo del semáforo rojo y el símbolo del despilfarro en la comunidad: el  circuito urbano de la F1 en Valencia.

Se propuso “ocupar los semáforos de una avenida”. De forma pacífica. Desde el respeto. Sólo cuando está en rojo. Sin causar desorden.  Sin cortar la calle. Sin pedir permiso. No sirve para hacer una asamblea.
Puede servir como forma alternativa de propuesta. Pero lo que desahoga….

Aún así, la policía se pasó a recordarnos que deberíamos haber notificado la protesta. ¿Hay que notificar que te vas a parar en un paso de cebra mientras está en rojo?. ¡Qué ridiculez!.

Para ahondar en la materia, recomiendo al lector el estupendo libro del antropólogo Manuel Delgado, “El espacio Público como ideología“.

Para urbanistas, arquitectos y diseñadores espacio público quiere decir hoy vacío entre construcciones que hay que llenar de forma adecuada a los objetivos de promotores y autoridades, que suelen ser los mismos, por cierto.

La noción de espacio público se puso de moda entre los planificadores, sobre todo a partir de las grandes iniciativas de reconversión urbana, como una forma de hacerlas apetecibles para la especulacion, el turismo y las demanadas institucionales en materia de legitimidad. En ese caso, hablar de espacio, en un contexto determinado por la ordenación capitalista del territorio y la producción inmobiliaria siempre acaba resultando un eufemismo: en realidad se quiere decir siempre suelo.

Existe otro discurso, en el que el concepto se entiende como lugar en el que se materializan diversas categorías abstractas como democracia, ciudadanía, convivencia, civismo, consenso, etc., y por el que se desearía ver transitar a una ordenada masa de seres libres e iguales que emplean ese espacio para ir y venir de trabajar o de consumir y que, en sus ratos libres, pasean despreocupados por un paraíso de cortesía.

Ese proceso se da en paralelo al de una dimisión de los agentes públicos de su hipotética misión de garantizar derechos democráticos fundamentales ( disfrute de la calle en libertad, vivienda digna y para todos…) y la desarticulación del Estado de Bienestar. Así, las mismas instancias políticas que se muestran sumisas o inexistentes ante el liberalismo urbanístico y sus desmanes pueden aparecer obsesionadas en aseguar el control sobre una calles y plazas (ahora obligadas a convertirse en “espacios públicos de calidad”) concebidas como mera guarnición de acompañamiento para grandes operaciones inmobiliarias.

Un análisis de las últimas ordenanzas municipales completamente represivas viene a corrobar esa tesis, Guadalix (multa de 3.000 € por uso “impropio”) o directamente absurdas, como las de Mallorca (prohibiendo hacer encuestas), Barcelona (1.500 € de multa por patinar), Valladolid (1.500 € multa por pedir) o Madrid (750 € de multa por rebuscar comida en la basura).

Los poderes fácticos pretenden apropiarse de ese espacio para definir lo que es moralmente aceptable y lo que no.La neocensura de lo “conveniente” o “políticamente correcto” exige unas dosis generosas de hipocresia para negar la fea y sucia realidad de parias fuera del sistema de producción y consumo que pueblan el planeta, ese sueño de un espacio público hecho de diálogo y concordia, se derrumba en cuanto aparecen los signos externos de una sociedad cuya materia prima es la desigualdad y el fracaso.

Puedo entender que los ayuntamientos tengan miedo a los ciudadanos, y como dice el maestro Manuel Delgado, hasta me parece bien. Es una muestra de su debilidad.

Que el poder le tenga miedo a lo que eventualmente pueda suceder en una plaza, advierte que….. no se siente tan seguro.